Block de hojas amarillas: Mexicali como puerto estelar: el arte fantástico de Pablo Castañeda

25 enero, 2006

Mexicali como puerto estelar: el arte fantástico de Pablo Castañeda

Gabriel Trujillo Muñoz
El pintor es una voluntad de luz en carne viva, un creador cuya única certeza es iluminar las más oscuras, terribles facetas del ser humano y matizar las modulaciones de la naturaleza con su propia imaginación. Cada pintor busca un estilo único, una manera suya de combinar materiales, disponer texturas, conjurar figuras en el espacio magnético de su obra. Los mejores artistas plásticos son alquimistas: mezclan sus obsesiones con las tendencias de su tiempo en belleza y armonía, en visión y conflicto, en originalidad y ruptura; revuelven la perfección y el azar, el rigor y el accidente, el futuro que viene con el presente en que viven. Sus cuadros son la suma de las contradicciones de su época y de las fuerzas en pugna que los animaron a volverse artistas.

En un mundo donde el arte ya ha dejado, con desdeñosa posmodernidad, los materiales artesanales, es decir, manuales de sus orígenes y donde el artista plástico se ha vuelto un especialista en tecnología de punta, un catalizador de conductas extremas y una actor multimedia que ve el arte como publicidad y al creador como un modelo en pasarela, es difícil, enormemente difícil, ser un pintor a secas, simplemente un pintor que pinta su mundo con el objeto de plantear interrogantes de las que ni él mismo tiene la respuesta.

Pero artistas así aún existen: creadores que abren la mirada al espectador de su obra no por el escándalo-manipulación que la rodea sino por el universo personal que habita en sus cuadros, por los personajes a los que les han dado vida e independencia, por los escenarios que han pintado con ferviente pericia, con rotunda libertad. Esta clase de artistas, minoritarios en nuestro tiempo, es la que ha mantenido un núcleo peculiar de resistencia: son hijos del siglo XXI pero de un cosmos alternativo, donde el arte todavía es un oficio auténtico y una necesidad del espíritu humano, no un concepto empaquetado que se lanza, según los requerimientos del mercado, para venderse a los incautos y cuyo anzuelo es el snobismo de estar al día, sino una disciplina que se trabaja desde adentro hacia fuera, desde uno mismo a los otros que son nuestros semejantes y cómplices, de la ciudad que se vive y se recorre hacia el cosmos cuya última frontera es la fantasía.

Tal es el caso de Pablo Castañeda (Mexicali, 1973), pintor y artista multidisciplinario cuya obra es una travesía, un camino transversal que atraviesa la tradición artística, la narración épica y el drama humano. Como él mismo lo dice: al viajar “me interesé en lo que había a mi alrededor, caminando por la calle, mirando el paisaje, experimentando con los objetos encontrados y luego regresando a mi casa, a mi estudio, para realizar una obra” que es, al mismo tiempo, literaria y visionaria, una pintura-dibujo-arte objeto que aglutina en sí lo histórico y lo mitológico, lo rupestre y lo futurista. De pronto aparecen lugares reconocibles de su ciudad natal, Mexicali, urbe fronteriza plena de mujeres sonámbulas, caseríos en medio del desierto, petroglifos que son puertas a las estrellas y coyotes que aúllan a la vera del cerco de alambre de la línea internacional, mientras visitantes de otras realidades asoman entre las sombras de un paisaje místico, mistificado, donde la luz oculta más que revela, donde el tiempo es todos los tiempos habidos y por haber.

El propio Castañeda reconoce que su camino como pintor ha sido un sendero hacia lo ignoto, hacia lo desconocido. La vida cotidiana se entremezcla con seres fantásticos y lo irreal se vuelve real, la aventura se da como una nostalgia por el futuro, un recordatorio de que el arte es una irrupción de antiguas pesadillas en el mundo, de los portentos de la magia en la vida diaria. Por eso su obra plástica es un homenaje a Mexicali como puerto estelar, esto es, como un sitio de paso de todos los monstruos posibles, de todas las criaturas que van de un extremo a otro del universo, pero que aquí, en esta ciudad que es una twilight zone, una dimensión desconocida, pueden convivir sin reclamos porque son percibidos como viejos amigos que, de vez en cuando, nos visitan y traen regalos de planetas distantes donde sueño y realidad son la misma cosa: un don que fortalece nuestra psique colectiva, nuestra cultura de brazos abiertos a los migrantes de los mundos más allá del mundo, de las vidas más allá de la muerte.

Obra extraña es la de Pablo Castañeda. No sólo por los temas que toca o los personajes que nos presenta, sino por las fuentes de la tradición artística en donde abreva: el arte rupestre de Baja California, las mitologías del desierto mexicalense, la estética punk a la Blade Runner, la pintura surrealista, el expresionismo figurativo alemán, el story board y el cómic contemporáneo y, especialmente, el juego de las transfiguraciones que hace de lo animal y lo humano, de lo arcaico y lo virtual, un ars combinatoria, una jugada de maestría realista y misterio órfico. Una parábola mística donde dioses y seres humanos comparten los alimentos y conversan como iguales. Una pintura, en abundancia de rojos, azules y ocres, que Pablo nos presenta como puestas en escena de un desierto por explorar, de un futuro por nacer, de una quimera por descubrir.

Tal vez lo más significativo de la obra fantástica de Castañeda es que la figura que habita, atrapada en la tela de sus pinturas, sea él mismo: un joven que trata de hallar la salida en el laberinto de matices y horizontes arenosos de su propio mundo; un artista que busca ver más allá de cercos y muros y ciudades; un visitante que ha llegado al otro lado de Mexicali, a esa urbe donde el minotauro es un ciudadano más y todos los caminos llevan hacia la misma calle, hacia la misma casa. Una metrópoli donde los muros se abren a otros universos, donde el desierto se transforma en un mar profundo y alguien, una mujer hermosa, te guiña el ojo mientras te muerde: desgarradora, eternamente. Almas gemelas unidas por la sangre que gotea, por los colores que desvanecen la frontera entre lo maravilloso y lo real, entre lo vivo y lo muerto, por esa luz que baña con sus misterios a quien acepta ingresar al Mexicali-desierto-barrio místico que nos propone Pablo Castañeda: un libro de postales mágicas libradas a la imaginación de sus espectadores.